Mi hogar

Llegaste sin permiso. De repente, como suceden las mejores cosas de la vida, sin esperarlas. Aunque la puerta estaba entreabierta, pasaste sin llamar. Sin avisar.

Y ahí estaba yo, con media vida colocada en armarios y cajones. Y la otra media en cajas. De mudanza. Sin saber dónde iba. Con las maletas casi llenas y la mente más vacía que nunca.

Cruzaste los límites, casi sin querer, como ocurre a menudo. Y menos mal que lo hiciste. Llevabas una única mochila. Llena de piedras, que vaciamos juntos. Aunque nos costó trabajo. Aunque pesaban demasiado algunas. Aunque pareciera imposible.

Me cogiste de la mano y bajamos a la calle. Fuera. Me había acostumbrado tanto a la triste luz de los flexos que no recordaba la sensación de estar bajo el sol. De recordar que había sol. Que nunca debió dejar de estarlo.

Y ahí se quedaron mis cosas. Las fotos. Los libros. Los discos. Los perfumes. El chocolate en la despensa. La vida que habíamos prefabricado, siguiendo las instrucciones de lo convencional. Lo que debía ser eficaz. Pero no funcionaba. Ni con cables. Ni cargadores. Ni a pilas.

Fue tan de repente que, joder, no podía dejar de volver la vista atrás. No se me había ocurrido mirar la vida desde el balcón, al otro lado de las dudas y el hastío que enmarcaban la ventana. Y, aunque al principio dormíamos en soportales y bancos, al sur de piedras y charcos, me enseñaste que hogar no es un lugar. Hogar es estar a tu lado.

Y ahora las cajas y muebles arden. Y menos mal que me ayudaste a quemarlas. Lanzaremos las cenizas al mar, que allí, al menos, podrán naufragar.

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Me salvas

Me salvas cuando me miras. Cuando abres tanto los ojos que, sin quererlo, arqueas las cejas. Cuando observas de reojo, sin que yo me entere, con la discreción que te caracteriza.

Me salvas cuando sonríes. Cuando iluminas mi mundo con esa curva tan perfecta, que ojalá no deje de crecer nunca. Cuando espantas mis miedos con ese simple gesto, y los haces desaparecer.

Me salvan tus manos. Cuando se entrelazan con las mías, cuando rozan mi piel, cuando me abrazan el alma. Me sostienen si tropiezo y protegen si me pierdo.

Me salvas cuando hablas. Cuando pronuncias mi nombre, aunque rara vez te deje hacerlo. Cuando debatimos, cuando me haces reír, las pocas veces que discutimos, cuando cantamos, cuando silencias mi inseguridad. Me salvas cuando hablas de nuestro futuro, cuando me echas de menos, cuando me dices sí, ven, quiero. Y vuelvo a casa.

Me salvan tus besos. Y no es que me salven, es que me curan, me alivian, me resucitan. Y no se trata de una droga. No es cosa de adictos. Es una necesidad. Es sentirte cerca, muy cerca. Es olerte, es dejarme llevar. Es tanto que tiemblo. Tanto que no sé cómo, pero sé.

Me salvas cuando respiras. En fin, parece que me salvas de continuo. Y qué suerte que lo hagas.

A.

No me sueltes

Por favor, no me dejes caer. No me sueltes. Te tumbaste a mi lado cuando no era capaz de levantarme, cuando nadie más parecía verme. Me cogiste en brazos cuando llevaba demasiado tiempo allí tirada, en el suelo, con las emociones despeinadas y la razón desgastada. Pidiendo en la calle, que me quiseran.

Y aún así, no te apartarse. No me juzgaste. No dejaste paso a los prejuicios que suelen tenerse hacia los que mendigamos sentimientos. No te importó ver cómo me gastaba las limosnas en droga que iba directa al corazón. Me quisiste así. A media vida.

Y yo, que no merecía la pena, y mucho menos la alegría, te sentía como un héroe. Aunque sé que nunca te lo dije, como acostumbro a hacer, ya sabes. Y sí, no tenías los brazos más fuertes, ni la espalda más ligera, pero me rescataste. Sabiendo que también podías caer. Asumiendo el riesgo, sin hacerle caso a tu miedo.

Y no solo me pusiste en pie. Me diste alas para volar. Ni siquiera sabías cómo hacerlo, pero para mí inventaste la manera. Como siempre. Me las cosiste para poder despegar. No me soltaste. Y no te importó quedarte en tierra.

Y ahora lo único que quiero es andar a tu lado. Arrastrando las alas. No voy a volar. No pienso elevarme hasta que encontremos las tuyas. Y entonces, volaremos juntos.

A.

 

Autodefinirte

Adiós, lo que tanto me costó decir.
Decir, escupir palabras por la boca.
Boca, fuente de tus mentiras.
Mentiras, falsas ilusiones con las que me mantenías viva.
Viva, como estoy empezando a sentirme, lejos de tus ojos.
Ojos, estrellas que me iluminaron en la noche.
Noche, lo que vino después de que te perdieras en ella.
Ella, la otra.
Otra, la que no fui yo.
Yo, a quien vas a echar de menos.
Menos, símbolo de resta.
Resta, lo que suponía estar a tu lado.

A.

Ojalá

Ojalá se hubiera detenido el tiempo en aquel instante,
o, mejor aún,
ojalá pudiera dar marcha atrás.

Ojalá fueran tus ojos los que ahora me miraran,
ojalá fueran tus pestañas las que me acariciaran el alma,
ojalá tu risa me volviera a resucitar.

Ojalá volviera aquel verano,
ojalá pudiera abrazarte más fuerte,
ojalá no me hubiera alejado,
ojalá pudiera volver a susurrarte que te amo.

Y ahora descubro que ojalá es la palabra más vacía que existe,
la que más odio,
la que más miedo me da.

Ojalá por algo que sé que no podría tener,
por mucho que me esforzara,
por mucho que luchara,
porque no depende de mí,
sino de ti.
O de un nosotros que ya no existe,
pero ojalá lo hiciera.

Ojalá siempre.

A.

Sabes

¿Sabes?
Ya no sé si el tiempo está apagando la luz de tus ojos.
Ya no sé si el pasado desaparece ante los míos.
Ya no sé si la noche comienza a llevarse nuestros recuerdos.

¿Sabes?
Te he esperado tanto, que creo que me he quedado sin fuerzas.
Te he querido tanto, sin obtener respuesta, que ya no sé si sabré.
Te he escrito tanto, que las palabras ya no son suficiente.

¿Sabes?
Seguiría matando dragones por ti.
Pero creo que eso no sirve de nada.

Y, lo cierto es que no lo recuerdo del todo,
pero supongo que sabes a ilusión,
a las ganas de volver a vernos,
a un beso antes de despedirnos,
a helados de Kinder.

Supongo que sigues sabiendo a inviernos en verano,
a la sal del mar en agosto,
o a la de mis lágrimas;
a los planes que ya nunca serán,
a la casa que, después de todo, no compartiremos.

Supongo que sabes a esta gélida tranquilidad.
A una esperanza que parece que se apaga.
Supongo que sabes a ese adiós que nunca sabré decir.

Y ahora solo me queda creer que sabes que, de alguna forma, siempre estaremos juntos.

Aunque, pensándolo bien,
supongo que sabes a algo tan imposible como dejar de quererte.

A.