Suerte

Suerte la mía.

Suerte de quererte.

Suerte de tenerte.

Qué suerte haberte encontrado, sin buscarte, casi sin querer. Como sucede todo lo extraordinario en esta vida.

Suerte de haber sabido verte, aunque quizá no a tiempo. Pero verte, después de todo.

Suerte de escucharte. De que me susurres. De horas y horas hablando.

Y si a la primera no llegábamos, volver a intentarlo.

Suerte de sentirte. De sudarte. De abrazarte.

Suerte porque me quieras así, tal y como soy.

Suerte de ser yo. Contigo.

Que seas suerte.

Mi suerte.

A.

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No quiero

No quiero hablar luego. Quiero ahora.
No quiero discutir. Ni hoy, ni nunca.
No quiero no verte.
No quiero desconfianza. Ni miedos. Ni inseguridades. Ni recelo.
No quiero tus manos en otras manos. Ni las mías abriendo libros del pasado.
No quiero lágrimas en tus ojos.
Ni ausencia de fuego en tus mejillas.
No quiero humo en tus pulmones.
No quiero frío y lluvia si no es con manta y peli en el sofá, juntos.
No quiero despertarme todos los días y darme cuenta de que no estás al otro lado de la cama.
No quiero tu sangre recorriendo otras venas. Ni la mía bombeando el corazón equivocado.
No quiero dormirme antes de un último beso de tu boca.

No quiero no estar a tu lado.

A.

Hay que joderse

A veces no queremos cuidar las formas, aun sabiendo que debiéramos hacerlo. Que eso dice mucho de nosotros, que no vamos a ponernos al nivel de los demás y bla bla bla. Toda esa cantidad de argumentos tan agotadoramente racionales que, de vez en cuando, necesitamos pasar por alto. Porque a veces, simplemente, hay que joderse.

Esto me pasa por haberte querido tanto. Por haber apostado por lo “nuestro”. Y menos mal que ya no lo es. Por haber confiado en ti, ciegamente, a cada momento, casi de forma obsesiva; por necesidad. Necesidad ¿de qué? ¿De tu orgullo? ¿De tus quejas? ¿De tu costumbre de criticar todo lo que hacía? ¿De tu toxicidad? Joder, podría seguir, pero asumo que así queda suficientemente claro.

Y hay que joderse porque la gente tiende a olvidarse de lo que hacemos por ellos. Y tú el primero de todos. Te olvidaste de que te vi cuando nadie lo hacía. De que estuve cuando nadie estaba. De que te quise pequeño, triste, inseguro y frágil. Y hay que joderse por dar alas a quien no se las merece, a quien jamás se planteó volar a tu lado.

Hay que joderse porque al final fui la única que demostró que aquello le importaba. Porque sufrí lo indescriptible por ti, que no te lo mereces. Hay que joderse porque me dejé la piel con tal de no perderte. Y casi lo pierdo todo. Que te jodan, no eres ni la mitad de la mitad.

Hay que joderse porque resulta que, todo lo que yo hacía mal, todo lo que me recordabas, por si se me olvidaba algún día tu infinita compasión, es exactamente lo que me hacías a mí. Y no tuviste huevos de decirlo a la cara. Hay que joderse por un cobarde.

Y sí, hay que joderse por tus mentiras, por tus “te quiero” de plástico. Hay que joderse porque has jugado a dos bandas sin remordimientos. Que es lo que importa, sin sentirte culpable. Menos mal que no nos confundiste ¿verdad? Qué bien disimulabas. Qué estúpida fui.

Y lo mejor de todo es que estás haciendo lo mismo con ella. Hay que joderse, porque solo te quieres a ti. Pero, tranquilo, que aunque la verdad corre menos que la mentira, al final acaba llegando a la meta.

Venga, con tus trucos baratos a otra parte.

A.

Mi hogar

Llegaste sin permiso. De repente, como suceden las mejores cosas de la vida, sin esperarlas. Aunque la puerta estaba entreabierta, pasaste sin llamar. Sin avisar.

Y ahí estaba yo, con media vida colocada en armarios y cajones. Y la otra media en cajas. De mudanza. Sin saber dónde iba. Con las maletas casi llenas y la mente más vacía que nunca.

Cruzaste los límites, casi sin querer, como ocurre a menudo. Y menos mal que lo hiciste. Llevabas una única mochila. Llena de piedras, que vaciamos juntos. Aunque nos costó trabajo. Aunque pesaban demasiado algunas. Aunque pareciera imposible.

Me cogiste de la mano y bajamos a la calle. Fuera. Me había acostumbrado tanto a la triste luz de los flexos que no recordaba la sensación de estar bajo el sol. De recordar que había sol. Que nunca debió dejar de estarlo.

Y ahí se quedaron mis cosas. Las fotos. Los libros. Los discos. Los perfumes. El chocolate en la despensa. La vida que habíamos prefabricado, siguiendo las instrucciones de lo convencional. Lo que debía ser eficaz. Pero no funcionaba. Ni con cables. Ni cargadores. Ni a pilas.

Fue tan de repente que, joder, no podía dejar de volver la vista atrás. No se me había ocurrido mirar la vida desde el balcón, al otro lado de las dudas y el hastío que enmarcaban la ventana. Y, aunque al principio dormíamos en soportales y bancos, al sur de piedras y charcos, me enseñaste que hogar no es un lugar. Hogar es estar a tu lado.

Y ahora las cajas y muebles arden. Y menos mal que me ayudaste a quemarlas. Lanzaremos las cenizas al mar, que allí, al menos, podrán naufragar.

Me salvas

Me salvas cuando me miras. Cuando abres tanto los ojos que, sin quererlo, arqueas las cejas. Cuando observas de reojo, sin que yo me entere, con la discreción que te caracteriza.

Me salvas cuando sonríes. Cuando iluminas mi mundo con esa curva tan perfecta, que ojalá no deje de crecer nunca. Cuando espantas mis miedos con ese simple gesto, y los haces desaparecer.

Me salvan tus manos. Cuando se entrelazan con las mías, cuando rozan mi piel, cuando me abrazan el alma. Me sostienen si tropiezo y encuentran si me pierdo.

Me salvas cuando hablas. Cuando pronuncias mi nombre, aunque rara vez te deje hacerlo. Cuando debatimos, cuando me haces reír, las pocas veces que discutimos, cuando cantamos, cuando silencias mi inseguridad. Me salvas cuando hablas de nuestro futuro, cuando me echas de menos, cuando me dices sí, ven, quiero. Y vuelvo a casa.

Me salvan tus besos. Y no es que me salven, es que me curan, me alivian, me resucitan. Y no se trata de una droga. No es cosa de adictos. Es una necesidad. Es sentirte cerca, muy cerca. Es olerte, es dejarme llevar. Es tanto que tiemblo. Tanto que no sé cómo, pero sé.

Me salvas cuando respiras.

En fin, parece que me salvas de continuo. Y qué suerte que lo hagas.

A.

No me sueltes

Por favor, no me dejes caer. No me sueltes. Te tumbaste a mi lado cuando no era capaz de levantarme, cuando nadie más parecía verme. Me cogiste en brazos cuando llevaba demasiado tiempo allí tirada, en el suelo, con las emociones despeinadas y la razón desgastada. Pidiendo en la calle, que me quiseran.

Y aún así, no te apartarse. No me juzgaste. No dejaste paso a los prejuicios que suelen tenerse hacia los que mendigamos sentimientos. No te importó ver cómo me gastaba las limosnas en droga que iba directa al corazón. Me quisiste así. A media vida.

Y yo, que no merecía la pena, y mucho menos la alegría, te sentía como un héroe. Aunque sé que nunca te lo dije, como acostumbro a hacer, ya sabes. Y sí, no tenías los brazos más fuertes, ni la espalda más ligera, pero me rescataste. Sabiendo que también podías caer. Asumiendo el riesgo, sin hacerle caso a tu miedo.

Y no solo me pusiste en pie. Me diste alas para volar. Ni siquiera sabías cómo hacerlo, pero para mí inventaste la manera. Como siempre. Me las cosiste para poder despegar. No me soltaste. Y no te importó quedarte en tierra.

Y ahora lo único que quiero es andar a tu lado. Arrastrando las alas. No voy a volar. No pienso elevarme hasta que encontremos las tuyas. Y entonces, volaremos juntos.

A.